Roa: El “treintero” que no se fue a bolina. Por: Raúl Roa Kourí

Fidel Castro comenta con el canciller Raúl Roa la intevención de Nikita Jruschov, primer ministro de la URSS. A la derecha, el comandante Juan Almeida y, detrás, Raúl Roa Kourí. Foto: Korda, Alberto.

Por Raúl Roa Kourí / Palabras en la fundación de la Cátedra Honorífica Raúl Roa García, La Habana, 7 de Julio de 2021

(A 39 años de su luz –pues Roa es de los muertos que siguen siendo útiles– nos reunimos en el Minrex para fundar la Cátedra Honorífica Raúl Roa García del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, creado por él, que me honro en presidir. Estas fueron mis palabras).

No solo soy su único hijo, fui también su alumno en la Universidad de La Habana, su subordinado en el Ministerio de Relaciones Exteriores y, lo que más importa, su discípulo durante toda mi vida.

Sin otros méritos relevantes, estos han bastado para que la autoridades del Instituto decidieran generosamente designarme presidente de una cátedra, que aspiro –como Roa mismo de la suya en la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público– tenga el rumor de la colmena y no la aridez insulsa de lo trillado. Nuestro objetivo es contribuir a difundir el pensamiento, la obra y la vida revolucionaria de Raúl Roa, un “treintero” que no se fue a bolina.

Después del rudo golpe que significó para el movimiento revolucionario la brutal represión de la huelga de marzo de 1935, asesinado Guiteras en El Morrillo, perseguidos los dirigentes obreros y comunistas, exiliados los del Directorio, el Ala Izquierda Estudiantil, la Joven Cuba y otras organizaciones políticas, continuó la brega junto a Pablo de la Torriente, Gustavo Aldereguía, Leonardo Fernández Sánchez, Carlos Martínez y otros compañeros que, desde el exilio en Estados Unidos, intentaron crear un frente único de las fuerzas progresistas y democráticas para derrocar la dictadura batistiana, hechura de la reacción y el imperialismo.

Como afirmó en su libro homónimo,1 siguió en pie, abrazado a las ideas libertarias de Bolívar, Juárez y Martí, que tempranamente le condujeron a Marx, Engels y Lenin a través de Julio Antonio Mella, quien le hizo descubrir que su corazón latía en el lado izquierdo del pecho, y de Rubén Martinez Villena, con quien tuvo entrañable amistad y por quien sintió profundos respeto y cariño. De ahí que no dudara un segundo en apoyar a la FEU de José Antonio y la lucha encabezada por Fidel en la Sierra.

Se ha afirmado, con razón, que la universidad fue fundamental para Raúl Roa. No solo fue en la colina y en su arbolado Patio de los Laureles donde inició su vida política y revolucionaria, sino que allí, en las reuniones del Directorio y el Ala Izquierda y en el fulgor de las tánganas, anudó sus más caras amistades, afianzadas en la cárcel y el destierro, desarrolló su actividad docente y se empeñó en que nuestra más alta casa de estudios estuviera “a la altura del tiempo”, como gustaba decir, aunque de sobra conocía que para ello –ya lo había advertido Mella– había que transformar primero nuestra sociedad.

Por eso fue velado en el Aula Magna (aunque su figura había traspasado ya los umbrales de la universidad y de la Isla misma), desde donde partió su cortejo fúnebre el 7 de julio de 1982.

Roa tenía un profundo vínculo con la historia patria. En nuestra tierra “se hunden sus raíces” y de ella “se nutre”. Fue Ramón Roa, su abuelo mambí, la influencia formadora de sus primeros años. Después, ahondaría en la vida y la obra de quien, según Martí, fue “el más original de los poetas de la guerra”. “Un hombre del 68” le llamó Máximo Gómez, su jefe tras caer Agramonte, instándole a seguir escribiendo sobre aquella brega heroica.

Ávido lector, desde pequeño devoraría las aventuras de Salgari, Verne y Zavattini, fatigó la quimbumbia y el béisbol y empinó papalotes que confeccionaba con singular maestría. Aunque no descolló en Matemáticas, Física ni Química –asignaturas en las que se declaraba “out por regla”–, sí brilló en las humanidades. Le apasionó la historia –sobre todo la de Cuba–, se deleitó con la prosa de los clásicos, tanto españoles como ingleses, franceses, rusos e italianos, y estudió a fondo la evolución del pensamiento filosófico y social.

Además de los fundadores del socialismo científico y de Vladimir I. Lenin, José Carlos Mariátegui marcó de modo indeleble su visión política, como luego lo hizo Gramsci. Fue siempre antidogmático y heterodoxo. No en balde proclamó el derecho a la herejía como fuente de creación intelectual y política. Por eso, entre otras razones, discrepó de la política de Stalin en la construcción del socialismo y, más tarde, de las cruentas “purgas” de 1936 y otras abominaciones del régimen estaliniano condenadas, por cierto, por el XX Congreso del PCUS en 1956.

Tuvo también discrepancias con el Partido Socialista Popular, no solo por esa razón, sino porque no compartió algunas de sus posiciones tácticas en el ámbito nacional. Múltiples polémicas sostuvo entonces en la prensa con varios dirigentes de ese partido. Nada de ello, empero, modificó su posición revolucionaria, anclada en el pensamiento martiano, marxista y leninista. Por eso, desde su fundación, fue miembro del Comité Central del PCC, el de Fidel.

Al referirnos al Roa profesor universitario, no puede obviarse el hecho de que fue de los pocos que, en la época neocolonial, impartía su asignatura con un enfoque verdaderamente marxista. Su libro Historia de las doctrinas sociales lo confirma.

Como alumno suyo, concuerdo plenamente con Humberto Ramos Valdés y Carmen Gómez –autores del libro Un revolucionario que no se fue a bolina– cuando afirman: “Los que han tenido la inmensa dicha de ser sus alumnos han recibido de los fenómenos acaecidos en el largo trayecto de la historia humana una visión distinta a aquella que ofrecían otros profesores que en sus clases escondían, tras una palabrería carente de rigor científico, la esencia real de los fenómenos sociales. Su verbo ágil, fresco y apasionado presenta, por el contrario, ante los ojos atónitos del alumnado, la ‘lucha de clases’ como el motor insoslayable de la historia”. No resulta ocioso rememorar lo que nos aseveró entonces: “La tragedia de Estados Unidos es haber trocado la democracia burguesa en imperio… con mentalidad provinciana”.

Hay que recordar, asimismo, el papel de Roa en los años de lucha contra la tiranía machadista, en la fundación del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) de 1930 y, más tarde –por considerar que las posiciones de este no trasponían el marco de la oposición burguesa-terrateniente–, en la del Ala Izquierda.

También, su histórica polémica con Jorge Mañach, en la que desnudó el pensamiento reaccionario del culto escritor, que nunca cambió su óptica retardataria y proyanqui; la tunda dialéctica que propinó a Pilar Jorge de Tella, feminista burguesa, alérgica a la clase obrera y al comunismo; el combativo artículo “Tiene la palabra el camarada máuser”, verdadero llamado a la insurrección popular publicado en Línea (órgano del Ala Izquierda) días antes de que fuera nuevamente detenido y remitido, con Pablo de la Torriente y otros compañeros, al Castillo del Príncipe.

Durante los años de la guerra civil española, en la que, como De la Torriente, hubiera querido participar, Roa estuvo en primera fila en defensa de la República. De hecho, jamás dejó de fustigar a Franco y la gavilla de fascistas y requetés que con este asaltaron el poder y vendieron a España “de monte a monte y de mar a mar”. La caída de Pablo en combate, en diciembre de 1936, fue un duro golpe para su viejo compañero de luchas, quien consideró siempre su amistad con el autor de Peleando con los milicianos “la más honda, limpia y alegre de su vida”.

Es menester recordar, también, la importancia que tuvieron para Roa y la Universidad de La Habana su ejercicio de oposiciones a la Cátedra de Historia de las Doctrinas Sociales. Se interpretó, con justeza, como un enfrentamiento entre la revolución y la reacción. El dirigente de la brega antimachadista volvía, ya graduado, a la colina de sus primeras batallas a continuar luchando, desde la cátedra, por la renovación de la universidad y por la difusión de sus ideas de avanzada. De ahí que, contra los usos de la época, decidiera publicar ese ejercicio en un libro titulado Mis oposiciones, en cuyas solapas se reproducían juicios elogiosos sobre el joven profesor de intelectuales de la talla de Fernando de los Ríos, Luis Recasens Siches, José Gaos y Fernando Ortiz, entre otros, ya que los miembros del tribunal universitario –nada proclives al marxismo– se los regateaban con evidente cicateria intelectual.

Aspecto hoy menos conocido en la trayectoria de Roa fue su paso por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, entonces dirigido por su antiguo compañero de lucha y amigo, Aureliano Sánchez Arango. Bajo la guía de Roa –como recuerda el trabajo de la profesora Danay Ramos– se realizaron numerosas acciones en favor de la cultura nacional. Organizó nuevas ferias del libro, exposiciones de artes plásticas y caricaturas, conciertos populares con la orquesta filarmónica y otras, así como funciones de ballet y teatro. Las misiones culturales recorrieron el país y el “tren de la cultura” llevó, de un extremo a otro de la Isla, las más valiosas manifestaciones de la creación artística e, incluso, del cine.

La edición de la revista Mensuario de Arte, Literatura, Historia y Crítica, por iniciativa suya, abrió nuevos espacios a jóvenes como Antonio Núñez Jiménez y Julio García Espinosa, a la par que mantenía el de reconocidos valores intelectuales cubanos y latinoamericanos. Se continuó la publicación de colecciones iniciadas por José M. Chacón y Calvo y nacieron otras, dándose a la estampa obras de Pablo de la Torriente, Fernando Ortiz, Juan Gualberto Gómez, Ramón Roa y José Z. Tallet, entre muchos otros autores.

El 10 de marzo de 1952, tras el golpe alevoso de Fulgencio Batista, Roa acudió, con Carlos Alfaras, Salvador Vilaseca, Mario Fortuny e Ignacio Fiterre, a casa de Aureliano, donde fundaron la organización revolucionaria denominada Triple A con el objetivo de combatir la dictadura que nuevamente imponía al país el asesino de Antonio Guiteras, amanuense servil del imperialismo yanqui y la burguesía criolla.

El asesinato de Mario Fortuny, el 27 de noviembre de 1953, determinó que la dirección de la Triple A considerase necesario que Roa saliera del país, al igual que Carlos Alfaras, Ignacio Fiterre, Salvador Vilaseca y Guillermo (Willy) Barrientos. En diciembre de ese año llegarían a México, donde permanecieron hasta 1955, cuando la presión popular obligó a Batista a dictar una ley de amnistía que liberó a Fidel Castro y sus compañeros del asalto al Moncada.

En 1954, Roa y Vilaseca rompieron definitivamente con Sánchez Arango, al enterarse de que este había procurado la ayuda del tirano Rafael Leónidas Trujillo (“la náusea de América”, dixit Roa), con vistas “a obtener armas para la lucha en Cuba”.

Fue esa decision de Sánchez Arango, que violaba principios ineludibles, lo que motivó la ruptura de una amistad forjada en la lucha, la cárcel y el destierro, y prefigura su autoexilio tras el triunfo de la Revolución.

A su regreso a la Isla, Roa se incorporó definitivamente a las filas del Movimiento 26 de Julio, actuando en el seno de Resistencia Cívica y combatiendo al marzato con la pluma y desde la cátedra hasta su derrocamiento.

En México, junto a ese “universo callado”, como Martí llamara a la masa de indios preteridos, ensanchó su visión americana combatiendo a los espadones que, como Batista en Cuba, desgobernaban a otros pueblos de Nuestra América (Trujillo, Pérez Jiménez, Somoza, Odría, Castillo Armas et al) desde las páginas de Humanismo, revista que dirigió con el apoyo de exiliados venezolanos y peruanos en un local prestado por el cardenista y senador Luis I. Rodríguez.

De aquellos años datan su folleto México de mi destierro y conferencias dictadas en las universidades de México, Guanajuato, Nuevo León y San Luis Potosí, algunas reproducidas entonces en la revista Bohemia y luego en su libro Retorno a la alborada.

La obra crítica y literaria de Raúl Roa, aunque no abundante, es significativa. Conocidos son su prólogo a La pupila insomne, de Rubén Martínez Villena; “Una semilla en un surco de fuego”, precursor del libro inconcluso El fuego de la semilla en el surco, póstumamente publicado por Letras Cubanas, y la biografía de su abuelo, Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, pero menos lo son trabajos sobre Martí, Julián del Casal, Antonio Machado, Federico García Lorca, Alejandro Block, Porfirio Barba Jacob, Alfonso Reyes, José Ortega y Gasset, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos y otros poetas y narradores de allende y aquende el Atlántico.

Otros libros suyos marcan diversas épocas: Bufa subversiva (1935), Quince años después (1950), Viento sur (1955), En pie (1960) y Escaramuza en las vísperas y otros engendros (1966). En estos, Roa recoge artículos y ensayos publicados durante el machadato, después de 1940, durante la tiranía batistiana de 1952-1959 y tras el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959. En todos deja constancia de su máscula posición política y revolucionaria.

Imposible no resaltar hoy aquí su papel al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores entre 1959 y 1976. Es, en realidad, el periodo cimero de su vida. Puso todo su talento, cultura, capacidad polémica y empuje revolucionario en la tarea que le fue confiada. Inauguró una nueva diplomacia, sin tapujos ni ademanes versallescos. La Revolución cubana y el pensamiento diáfano y profundamente radical de su más alto dirigente, Fidel Castro, tuvieron en él un fiel intérprete y combativo defensor.

Fungió luego en la Asamblea Nacional del Poder Popular, como vicepresidente y presidente en funciones. Le tocó organizar y presidir, poco después de operado del tumor que provocaría su muerte un año más tarde, la reunión de la Unión Interparlamentaria sostenida en La Habana en 1981. Lo hizo con reconocida brillantez.

Entre sus rasgos característicos: el humor cubanísimo, la palabra culta sin dejar de ser popular, la tremenda capacidad invectiva, la fuerza demoledora de sus argumentos, la causticidad de sus réplicas –como ha recordado Ricardo Alarcón en un estupendo documental– y, con todo esto, la cordialidad, sencillez y bonhomía que siempre fueron suyas y le granjearon la simpatía y el respeto de nuestro pueblo, que no en balde lo invistió con el título de Canciller de la Dignidad.

Las presentes hornadas de revolucionarios pueden aprender de él en sus dichos y sus hechos. Esta cátedra tiene el propósito de contribuir, con modestia, a que se conozcan tan ampliamente como sea posible.

Notas
Roa, Raúl: La revolución del 30 se fue a bolina. Instituto del Libro, La Habana, 1969.
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