Geopolítica: El superhombre según Elon Musk. POR: MAURICIO ESCUELA

El fundador de Tesla y actual propietario de Twitter, Elon Musk.

Se llama largoplacismo y debemos temerle. Elon Musk y la élite global han entrado en un momento de la difusión de ideas y de agendas en el cual se expresa la naturaleza del sistema más allá de si son o no teorías de la conspiración. Porque componendas hay a ojos vistas entre los amos del mundo, así como planes e ingenierías sociales. El largoplacismo es una corriente de pensamiento hecha popular a partir de la pandemia por el propio Musk en su cuenta de Twitter y en diferentes espacios en los cuales se expresa. Tiene que ver esto con una visión centrada en el Occidente blanco y primermundista, que desecha a las grandes mayorías de la Humanidad situadas en la periferia. El largoplacismo sostiene, como su nombre lo indica, que es más importante la gente del futuro, la del largo plazo, los cuales serán mediante la eugenesia y la ciencia, los mejores y más fuertes. Mientras, hay que renunciar a las ayudas que se destinan hoy al Tercer Mundo, ya que se trata de millones de gente del presente que por su contexto y por su propia genética “no llegarán a nada estando vivas”.

El largoplacismo se sostiene a partir de que el capitalismo se declara incapaz de solucionar el problema de la desigualdad, la muerte y la miseria que el propio sistema engendra y ofrece como salida simplemente no hacer nada. El genocidio se normaliza y se le otorga una aureola de humanismo. No solo se mata a los pobres porque sobran y porque no aportan nada –o sea no le aportan a los ricos–, sino porque como hipócritamente dice el discurso de la élite, así se les evitan más dolores y desgracias en este mundo. El largoplacismo es una ideología que pretende, además, como queda establecido en el libro La cuarta revolución industrial de Klaus Schwab, poner todo el énfasis en el desarrollo de las tecnologías convergentes o sea en aquellas que convergen en el cuerpo humano, transformándolo en otra cosa entre la máquina y la biología. El transhumanismo como visión de futuro es lo que la elite piensa potenciar como solución al futuro de la Humanidad y, junto con ello, un reinicio global para que el clima, los bienes naturales y demás recursos, estén a disposición de ese hombre nuevo mejorado, casi perfecto y superinteligente. Puede parecer ciencia ficción, pero hay que consultar la obra de William MacAskill para saber que va bien en serio, un autor que ha influido en los informes de la ONU e incluso en importantes figuras como el propio Musk. Por ende, buena parte del ecologismo que hoy es financiado por la élite no es otra cosa que esta propuesta travestida de amor por el planeta.

¿Será esta visión ultra neoliberal y genocida lo que guía el discurso de la élite en las cumbres climáticas? Pareciera que la histeria que existe en torno al tema, más que hablar de soluciones que atañen al sistema, culpan a los seres humanos comunes y buscan eliminarlos. En buena medida, algo así se respira detrás de la rabia de personajes como la propia Greta Thunberg, de quien nadie sabe cómo puede pagarse viajes alrededor del globo, campañas millonarias y movilizaciones ambiciosas, siendo apenas una niña que no terminó a tiempo la escuela. ¿Cuánto hay de real y cuánto de hipocresía detrás del discurso ambientalista de Occidente? El largoplacismo intenta, de esta forma, transformarse en una justificación humanista, progresista, de un genocidio sostenido contra la clase obrera y campesina global, a la cual se le ha desideologizado, adormecido y asesinado a gran escala. La muerte del pobre es un humanismo para el rico. Así de frías son las proposiciones de Elon Musk.

¿Y por qué Twitter? Es la red más poderosa, que baja constantes líneas de mensaje a las masas y marca el ritmo ideológico global. Lo primero que hizo el magnate fue habilitar la cuenta de Donald Trump y despedir a cientos de empleados que no estaban ideológicamente identificados con el nuevo dueño. Ello quiere decir que hay una visión más allá del mercado o del corto plazo con esta compra, una que mira hacia el impacto que se puede tener a mediano tiempo en la normalización de ideas y de fenómenos. Lo de la compra de Twitter es una operación que pudiera estar relacionada con el largoplacismo en tanto es necesario crear una hegemonía de ideas diferente y orgánica a partir del poder mediático y de la concentración de propiedades.

Elon Musk tiene en su haber el futuro poblamiento de Marte, pero no con el hombre del presente, este que posee problemas estructurales y enfermedades, sino con el ser transhumano del futuro, que pueda tener el poder mental de un Einstein clonado. En esta visión, el sacrificio de los seres del presente le es indistinto. No sirve, para le élite global, esta humanidad en tanto es un caos de emigraciones en el cual los bolsones de civilización se ven amenazados por las oleadas de gente rabiosa en busca de comida, vivienda, agua potable y un empleo. La agudización de las contradicciones de clase a nivel global se van a resolver creando un hombre nuevo eugenésico y funcional al capital de nuevo tipo y matando a la mayoría de la gente a partir de un punto de vista maltusiano. De hecho, el concepto de sostenible y de sostenibilidad de ciertos elementos de la élite se basa en que la gente coma lo mínimo indispensable para vivir y seguir dependiendo. Ello traería al planeta no solo a la desindustrialización, sino al decrecimiento y a sojuzgar políticamente a la mayoría de las naciones pobres. El sitio del Foro de Davos posee entre sus consignas una que ha sido muy característica y difundida desde la pandemia: “No tendrás nada y serás feliz”.

¿Cómo se entroncan el largoplacismo y el transhumanismo con la ideología woke de la nueva izquierda neoliberal al estilo del Partido Demócrata de Estados Unidos y demás centros ideológicos afines? Diluir las luchas de clases es parte de la agenda que busca solucionar esas luchas matando a los pobres y excluyéndolos de la historia. La ideología woke busca cancelar el debate y paralizarlo a partir de meterlo en un callejón sin salida lleno de categorías irreconciliables que dividan a la gente. Hombres contra mujeres, negros contra blancos, heterosexuales contra homosexuales. Y a partir de ahí las subcategorías. Además, esta agenda persigue deconstruir (destruir) la identidad resistente de las personas y adueñarse de su subjetividad a partir de un proceso de neocolonización. Así, el gran sujeto mediático del capital sujeta a los pequeños sujetos humanos y los reprograma para que acepten la opresión y la muerte. Por ello hay ecologistas sosteniendo la irracionalidad de una disminución demográfica para salvar el planeta o feministas radicales que señalan que el género masculino es el origen de todo mal y llegan a pedir exterminarlo. Las luchas no son ya de clase, sino destructivas y rayan en el fascismo, promocionando el odio, el revanchismo, la muerte y la irreconciliación. En esta lógica la ideología woke sirve para que las categorías y subcategorías se separen cada día más, a partir de hallarse motivos superficiales y de índole cultural que conspiren para lograr el superobjetivo de la élite. En ese caldo de cultivo, quedan elididos tanto el pensamiento crítico, como cualquier otra manera de acercarse a la vida en sociedad y en política y que tenga visos de independencia, de búsqueda autónoma y aportativa. La participación se espectaculariza. Esto se ve en la importancia que los shows y las redes sociales han tomado.

Este feudalismo posmoderno va a establecer su propia iglesia incuestionable y lo hará bajo la justificación de las inclusiones y de los derechos humanos. Ya se viene viendo a partir de cómo personas que simplemente se rebelan son destruidas primero en cuanto a su imagen y luego de manera total. Verbigracia Julian Assange, de quien los medios han dicho oprobios para facilitar que sea extraditado y “deconstruido” en las cárceles del Imperio. En la iglesia moral del orden posmoderno, este hombre no cabe y es un mal ejemplo que hay que quemar en la hoguera. El proceso se repite hacia abajo con otros casos y además se manipula a la masa para que participe del odio y de los linchamientos. Se azuza lo peor de la gente. Se les reconstruye a partir de anti valores y se los teledirige literalmente. El largoplacismo va de eso, lo llaman “altruismo eficaz” (EA). Y es el hecho de que haya seres humanos que cuenten y otros que no y construir una cultura de la cancelación en torno a este tabú, que haga que sea intocable. Cualquiera que ose tener otra manera de ver el mundo es el enemigo y recibirá las etiquetas y la negación de toda posibilidad. El miedo se adueña de las personas y poco a poco las acciones se tornan predecibles y más manejables aun. El libro de MacAskill, llamado Lo que le debemos al futuro, está siendo un éxito en Estados Unidos y no por gusto. El filósofo sostiene que como mismo ha sido común que sintamos empatía por personas que están lejos de nosotros, sin conocerlas, debe normalizarse algo parecido para aquellos que están por nacer y que se hallan alejados en la categoría de tiempo. Espacio y tiempo son dos dimensiones que tienen mucho en común y por ende nada hace que un ser humano ya nacido sea mejor que uno por nacer. De esta forma se relativizan los derechos de las personas que ya existen y se abre un marco filosófico y moral para negar que existan tales derechos. Musk tuiteó hace meses que este volumen valía la pena leerlo y la operación mediática fue un éxito. Si bien las axiologías de MacAskill hablan abiertamente de privilegiar a personas que no existen por encima de las que existen, los lectores norteamericanos se han visto impactados y puede hablarse de un proceso de normalización de estas ideas, el cual va a dar paso seguramente a uno de implementación.

La única preocupación de los filósofos de esta corriente pareciera ser el poder que puede alcanzar la inteligencia artificial, la cual sería capaz de desplazar al hombre y de establecer una dictadura tecnológica. Cabe destacar que eso sucedería porque tal robot tendría la misma ideología que el sistema que le dio existencia, o sea el capitalismo extractivo y egoísta, sin moral y utilitario. En otras palabras, los pensadores del largoplacismo le tienen miedo a los efectos que su propia ideología pudiera poseer en manos de un ente superior en términos de inteligencia. Esto habla mucho del nivel de deshumanización del pensamiento posmoderno actual y sus derivaciones. ¿Cómo no temer al largoplacismo si ellos mismos, los largoplacistas, le temen?

Esta propuesta habla de una súper humanidad, trabajada con tecnologías convergentes, que además tendría todo el clima del planeta y sus recursos a su disposición, luego de un reinicio que además no se dice cómo será. Se habla, en el caso de MacAskill de un botón rojo. ¿La bomba atómica, una catástrofe ambiental, una pandemia? En términos del sistema esta corriente ve tales cosas como oportunidades para empezar de cero a partir de otro mundo con otro hombre.

Si se revisan los búnkeres habilitados por la élite en los últimos años y la manera en que han guardado semillas, especies, genes; pareciera que ellos, que tienen más información que los comunes, algo se traman o esperan. Sin ser alarmistas, la capacidad destructiva del sistema es tal que los propios amos lo saben e implementan estas respuestas tanto en lo ideológico como lo político y lo existencial.

Sí hay algo muy seguro, no se hubiera llegado al largoplacismo si no se pensara al hombre desde la relativización posmoderna del siglo pasado. Las escuelas occidentales llevan décadas preparándonos para esta crisis de la identidad humana que apunta no solo hacia una deconstrucción de los sujetos sino a una extinción. Las propuestas del Foro de Davos de un Great Reset o Reinicio Global, no cuentan con la visión humanista de la modernidad, sino que prescinden de esa moral. Pareciera que la construcción de ese súper hombre del capital transhumanista del futuro entroncara con la tradición filosófica irracionalista de Nietzsche, pero en una visión mucho más terrorífica, asesina, retadora de la existencia de la especie.

El adormecimiento de la gente, a través de la cultura y del consumo, además de las drogas, nos recuerda las maniobras que el Imperio Británico implementó en la China de fines del siglo XIX e inicios del XX: primero creó la adicción al opio y luego lo vendió, logrando además la sumisión política y la relativización de todos los sujetos y voluntades. El sistema es el mismo, aunque hoy se hable de tecnologías convergentes y ayer de cañoneras y de pólvora.

El largoplacismo pudo haber estado entre nosotros desde mucho antes que Twitter, actuando, como su nombre lo indica, a largo plazo.

Está por verse quizás lo peor, en todo caso.

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