El doble rasero de Wahington sobre los derechos de las mujeres. Por Iroel Sánchez

 Este domingo los cubanos y  las cubanas votarán en referendo por un nuevo Código de las Familias que significará un sustantivo desarrollo en derechos y garantías para toda la ciudadanía, pero especialmente para minorías sexuales, ancianos, mujeres y niñas. En Cuba desde hace más de cinco décadas existen la maternidad remunerada, el derecho de la mujer a decidir sobre su embarazo con atención médica universal y gratuita para ello y a recibir igual salario por igual trabajo que los hombres. Todo eso, parte de una legislación garantista que ahora avanza y se consolida con el nuevo Código, no pasa de ser una aspiración para las mujeres estadounidenses.

Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos, que en nombre de los Derechos Humanos, desata guerras, sanciona países, y aplica contra Cuba el más largo y completo sistema de castigo económico que se ha conocido, lejos de disminuirlas, por estos días las incrementa obligando a cualquier viajero a la Isla que quiera visitar territorio de EE.UU. a requerir visa, dañando así el turismo, uno de los principales renglones de la economía cubana.

Y peor: En su guerra de propaganda anticubana Washington pone ahora toda la maquinaria de terrorismo 2.0 en redes digitales, que financia para el cambio de régimen en la isla, a promover el voto en contra de un Código que permitirá, entre muchas cosas, el matrimonio igualitario,  y la maternidad solidaria. Expertos dicen que en materia de derechos sexuales y familiares es de las legislaciones más avanzadas del mundo y propina un duro golpe al patriarcado.

No obstante, el discurso de la política exterior estadounidense se erige como defensor de los derechos de las mujeres. Lo hace después de crear, con sus amigos muyahidines, el retrógrado Talibán para sacar a los soviéticos de Afganistán, y hacer retroceder miles de años las libertades que las mujeres afganas conquistaron con un gobierno de orientación socialista. O aliarse al reino de Arabia Saudita, el país que Biden acaba de visitar como vendedor de armas, donde las mujeres están privadas de cualquier vida social y política y condenadas a castigos medievales si se apartan lo más mínimo de las estrictas reglas que establece una monarquía sin parlamento ni elecciones de ningún tipo. Nada de eso despierta escrúpulos en Washington, como tampoco lo hacen las cientos de mujeres y niñas “daños colaterales” del fuego de sus drones, helicópteros y bombarderos en el Oriente Medio y más allá.

Esa visión politizada, sesgada y oportunista de los Derechos Humanos, y en particular de los derechos de las mujeres, es la del Presidente Joe Biden cuando dijo esta semana en la ONU “estar del lado de los ciudadanos valientes y de las mujeres valientes de Irán” por unas protestas donde es evidente la mano estadounidense. Desde los tiempos en que la Secretaria de Estado Hillary Clinton, allá por 2009, le reconocía a Fared Zakaría en CNN que Washington utilizaba Twitter para fomentar rebeliones contra el gobierno de Teherán mucho ha evolucionado la tecnología pero no el cinismo instalado en la Casa Blanca. Desde entonces, sobran los elementos, incluyendo diplomáticos estadounidenses detenidos en medio de protestas anteriores, para saber que aunque pueden haber elementos reales de inconformidad detrás de una manifestación callejera, como en cualquier lugar del mundo, la larga mano de los servicios especiales estadounidenses y los poderosos medios de comunicación que le son afines, son determinantes en lo que el mundo percibe como real.

Esta vez el motivo es la muerte de la joven Masha Amini, fallecida en una comisaría de Teherán, tras ser detenida por el cuerpo conocido como Policía de la Moral, por no usar adecuadamente el velo islámico. Las autoridades iraníes han alegado que falleció de un infarto, y un video de cámaras de seguridad publicado por estas muestra a Amini en una especie de conferencia donde solo se ven mujeres sin rasgo algo alguno de violencia, de la que se levanta, camina, va a hablar con otra mujer y cae por sus propios pies, recibe atención médica y es trasladada en una ambulancia. Nada que ver con las víctimas de drones norteamericanos, los torturados en cárceles clandestinas o Guantánamo y Abuh Ghraib, cuyas imágenes indignan nuestras retinas. Mucho menos los disparos sobre la multitud, con mujeres y niños, que inundaba el aeropuerto de Kabul tratando de huir junto a las tropas estaodunidenses, que en su estampida de Afganistán dejaron en manos de los extremistas del Talibán a las mujeres afganas. Más cerca de sus fronteras, los nombres de las activistas sociales anticapitalistas Bertha Cáceres (Honduras) o Marielle Franco (Brasil), asesinadas a balazos, nunca han salido de la boca de un líder estadounidense. Sin embargo, los grandes medios de comunicación no dejan de hablar de lo primero y callan lo segundo.

Para las mujeres afganas, víctimas de un régimen parido por las aventuras fracadas de Washington en el Oriente Medio no hay palabras bonitas entre los gobiernos de Occidente, tampoco para las yemeníes que mueren ellas y ven morir a sus hijos de hambre o de bala en una guerra instigada por Riad y respaldada por Washington, ni para las cubanas que día a día enfrentan las carencias impuestas por el bloqueo genocida que Biden recrudece contra Cuba y que a partir de este domingo, pese a ello, saldrán a votar por más y más amplios derechos de los que las mujeres estadounidenses carecen.

Doble rasero, hipocresía, e intereses geopolíticos, cero preocupación legítima por los Derechos Humanos, es lo único que muestra el discurso estadounidense sobre la mujer, ya sea en América, en Asia o en el Polo Norte. “Valientes”, por cínicos, son los que con la verdad delante de sus narices parecen ignorarlo.

(Al Mayadeen)

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