Geopolítica: Occidente, globalismo y otros padecimientos. POR: MAURICIO ESCUELA

El general alemán retirado, antiguo Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, Harald Kuja, acaba de publicar un artículo en el medio Preußische Allgemeine Zeitung, en el cual habla del error de su país y de Europa al participar en las sanciones a Rusia y el envío de armas a Ucrania. Se sabe que la OTAN fue el primer proyecto unitario que abarcaba a las fuerzas anglosajonas tras la Segunda Guerra Mundial y su visión de dominio sobre el Viejo Continente. Londres y Washington habían concebido un mundo en el cual no solo no resurgiera Alemania, sino tampoco ninguna potencia europea. Hoy, aunque esa no es exactamente la realidad, se está viendo cómo en cuestiones geopolíticas Europa toma medidas contra su estatus de potencia económica y a favor de la economía norteamericana. Mientras persista el bloqueo al gas y el petróleo de Rusia, los europeos pasarán frío y pagarán altas tarifas eléctricas, padeciendo hasta cortes del servicio. Pero la casta globalista se mantiene firme hasta el fundamentalismo, no se manda, sino que es consciente del proyecto que debe defender. La guerra en Ucrania ha venido a restaurar ese viejo orden previsto por ingleses y norteamericanos. No en balde tuvo lugar, antes que esto pasara, el Brexit, que no es otra cosa que la apuesta de la City de Londres por su unidad estratégica con Wall Street. El capital financiero en su más pura expresión. 

Volviendo al militar alemán, reseñado por Alfredo Jalife en su columna de La Jornada de México, dicho oficial sostiene que la Unión Europea va a sufrir daños si no reforma su política en función de su economía como bloque. El apoyo a Ucrania no solo no debilita a Rusia, sino que empuja a Moscú hacia la creación de otros lazos comerciales y se hunde aún más la visión de un mundo unipolar. El multilateralismo, con la ideología del eurasianismo impulsada por Putin, sustituye la agenda globalista occidental. En realidad, la guerra contra Rusia es contra China, lo que de manera indirecta, y se trata de una operación de desgaste. Los conflictos de baja intensidad e indirectos siempre fueron usados por las superpotencias para llevar adelante su geopolítica. La jugada de Estados Unidos es debilitar el proyecto multilateral ruso-chino, comenzando por la desestabilización de Putin, a quien Biden dijo que había que sacar del poder. Ucrania desde 2014 ha funcionado como una avanzadilla de Occidente en estos planes, aliada a las fuerzas de oposición rusas y a cuanto suceso hubiese en la región que fuera en contra del proyecto eurasianista. De hecho, Kiev procedió a criminalizar todo lo que fuera ruso y a hacer una limpieza étnica, incumpliendo con los acuerdos de Minsk y abogando por armarse con misiles atómicos a las puertas de Moscú, lo cual dio paso a la operación rusa. Si Washington lograra sacar a Rusia del binomio y dejar sola a China, quizás pueda llevar al gigante asiático a negociar y conseguir posiciones ventajosas que eviten un choque militar directo. La apuesta norteamericana para mantener el imperio es arriesgada y coloca la paz del mundo en un hilo, pero el proyecto posterior a 1945 no va a ceder su espacio y su fuerza tan fácil y dará patadas de ahogados, aunque se lleve a todos al desastre. 

El peligro del daño de Europa como centro económico está en el impacto que tiene en todo el mundo. Solo Estados Unidos se beneficia, ya que los socios comerciales de las latitudes pierden contratos, mercados, vías de abastecimiento. La inflación y la subida del dólar fortalecen el poder de la clase financiera y del globalismo y hunden las fortunas y los proyectos basados en vías multilaterales, productivas y desarrollistas. Como ya se sostiene, el mundo debe hallar una nueva vía para entender sus conflictos que no sea a través de la herencia imperial anglosajona. Una manera que, además de ser multilateral, no abogue por la mala fe y la traición, la política de rapiña y el reparto, sino por la colaboración y la competencia leal. Pero si Europa pierde peso, se transforma en un campo en disputa entre los dos proyectos globales (globalismo y eurasianismo) y ya nadie podrá detener una debacle mundial y una ruptura en la manera de hacer política y economía. Varias veces se ha dicho que la ONU ya no representa un estamento fiable, financiado como está por el gran capital, por lo cual potencias como Rusia y China pueden aspirar a un organismo diferente e independiente, lo cual sería el fin del globalismo y el inicio de una ruptura que roza en la tercera guerra mundial. Por suerte, mientras existan negocios e intereses, ese escenario no llegará. El globo es hoy una unidad interconectada en tiempo real que requiere de este tipo de lazos y volver al pasado puede resultar un colapso civilizatorio. 

Por lo pronto, el gobierno de Biden viene siendo un fracaso sonado. Pero él es el presidente de los globalistas, no de los Estados Unidos. El proyecto no fue nunca nacional, sino de salvaguarda de las fortunas del poder corporativo. El capital mediano y pequeño no está dentro de este paraguas del partido demócrata, así que poco le importa el empobrecimiento del poder tradicional industrialista norteamericano. La élite está reventando las propias estructuras liberales de antaño, para imponer un neoliberalismo fundamentalista enmascarado con supuestas luchas “de izquierda”. En realidad, la agenda es injerencista, destructora de naciones y altamente tóxica. Toda un arma de guerra no convencional que actúa como un virus. Por ello la operación de Rusia es comparada con una especie de vacuna o de medida de prevención, aun con la dureza de la guerra y los errores que ello implica. El globalismo es una destrucción por dentro y por debajo, es guerra cultural y modificación de la naturaleza de la sociedad para implementarla en función del capital. Se trata de ingeniería pura y dura hecha con las bases de los acuerdos del Foro de Davos, donde se sientan los mentores del mundo hecho a imagen y semejanza del uno por ciento más rico. No les importa que muera gente inocente, ni que economías vayan a la quiebra, no hay afinidad por ninguna nación o proyecto espiritual que no sean sus propias fortunas y herencias. De ahí que si no se hace algo, si no se les planta batalla, el mundo puede quedar arrasado. Desde 1991, ese globalismo estuvo solo e imponía sus políticas de choque. En Rusia con Yeltsin llevó el país a niveles tercermundistas, en América Latina multiplicó la deuda externa y las dictaduras y golpes de Estado, los gobiernos fallidos y las sociedades fragmentadas. Sin un oponente, el globalismo ha sido la ideología de la ganancia del mercado frente a la humanidad desvalida. 

No importa si Europa pierde status, lo que el globalismo quiere son los recursos y usar a la gente. De hecho, el eurasianismo aboga por el retorno de todos los proyectos nacionales en el mundo y la creación de focos de poder que puedan equilibrarse, lo cual incluye a los europeos y su cultura milenaria. El ideólogo del antiglobalismo, Alexander Dugin, de hecho acaba de padecer un atentado que mató a su hija por promulgar estos elementos, lo cual demuestra cuán cierto es el peligro del globalismo y hasta dónde llega su brazo dentro de cada nación, con agentes pagados o no, conscientes o no. Porque lo que sí es seguro es que la agenda globalista, para triunfar debe imponerse en todo el globo o no funcionará, debe aplastar toda oposición o no prevalece. Y en eso están. Europa es necesaria para el equilibrio, pero a los millonarios eso no les importa. Pagarán la guerra en Ucrania porque ese es el itinerario para hundir el eurasianismo y a Putin. Luego tratarán de ir a por China, aunque ello implique un peligro potencialmente enemigo de la existencia humana en este planeta. El sistema, como león herido, ataca y no le importa dónde caen los golpes ni quién resulta herido. 

El globalismo es la última expresión del neoliberalismo, es su razón suprema y universal, su esencia opresiva y anti humanista. Se ha disfrazado, ha mutado y está en proceso de penetrar cada una de las sociedades. Si lo logra, puede reinar por varios siglos más, pero si halla resistencia, el escenario será aún más complejo. Estados Unidos y la OTAN han demostrado que no les interesa sacrificar la paz ni la vida para prevalecer. Si el teatro de guerra no convencional fracasa, puede venir la tercera experiencia bélica mundial, traumática y definitoria, cuyo final ha de barrernos. El sistema es tan irracional que puede recurrir a ello pensando que lo va a mantener bajo control o que los millonarios escaparán a un oasis lejos de la radiación de las bombas. Todo es un absurdo tan macabro, que jamás el planeta estuvo tan al borde del cataclismo. 

Sobre la guerra en Ucrania, se acerca un plebiscito de las zonas ocupadas por Rusia y puede que Occidente quiera entorpecerlo. Cuando acontezca la votación, Moscú declarará la guerra como de defensa nacional y se puede pasar a otro escenario aún más agudo. Se espera que la OTAN tenga suficiente inteligencia e instinto de autoconservación como para no dar el siguiente paso de ir directo contra Rusia. Será ya una guerra nacional defensiva, pues las provincias estarán formando parte de la federación y las consecuencias para las fuerzas de Kiev serán por ley mucho mayores. Occidente no tiene una hoja de ruta para un escenario así, ya que la guerra mundial no debería ser una opción. La guerra en Ucrania la ha ganado Rusia, consiguiendo sus objetivos: debilitar la amenaza de Kiev a la existencia de la nación, proteger a los eslavos ucranianos y evitar la entrada directa de la OTAN. Más allá de eso, todo es pura especulación y propaganda, que son elementos que se han sobrado en estos meses en los medios globalistas de Occidente. 

Tras el plebiscito vendrán otras definiciones  pues la guerra entre los proyectos universales (globalismo y eurasianismo)  no ha cesado, sino que termina quizás uno de sus capítulos. Hay que tener en cuenta que, no obstante, mucho ha cambiado, no solo política sino financieramente y desde el punto de vista cultural y de cómo vemos el reparto de zonas de influencia de cara a las próximas décadas. La gente ya no podrá estar neutral y el mundo irá conformándose, a partir de la prevalencia de uno u otro interés. 

Europa está en medio de la ecuación, aún se debate. Pero una cosa es cierta: Estados Unidos no la va a salvar.

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