Estados Unidos y su sistema político disfuncional. Por Arthur González.

Los graves problemas que exhibe el sistema político de Estados Unidos se exponen hoy más que nunca, tanto a lo interno de su sociedad como en la política exterior.

La pandemia de la Covid-19 sacó a la luz las debilidades de un sistema de salud donde lo principal es el dinero y no la atención a los seres humanos, al ser los servicios de asistencia y los medicamentos un jugoso negocio.

La venta de armas de fuego es otro de los grandes que llenan bolsillos de millones de dólares, a un clan que no le preocupa la muerte de niños, jóvenes y ciudadanos inocentes. Las drogas y la prostitución, recaudan más dólares que la producción de alimentos, algo que a los políticos yanquis no les interesa atacar, porque de alguna manera todos sacan beneficios del dinero que reciben de los acaudalados que ayudan a sus campañas eleccionarias.

En política exterior la estadounidense cada vez es peor, al tener como meta la imposición de su sistema a todo costo, sin preocuparse por las relaciones internacionales transparentes y respetuosas del derecho ajeno, situación presente en América Latina, considerada su traspatio o su jardín, como recientemente expresara el presidente Joe Biden, en fin, parte de su propiedad.

La actual Cumbre de las Américas, está condenada al fracaso desde su anuncio, debido a la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua, punta del iceberg de esa disfuncionalidad política yanqui, pues el eufemismo del lema que preside la misma “Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo”, es algo inalcanzable por las torpezas de los políticos que continúan pensando que son los dueños de la región, a la vez que desprecian a sus países por considerarlos de segunda categoría.

Esto se comprueba fácilmente pues actualmente Estados Unidos solo tiene embajadores en 10 de sus 21 misiones diplomáticas en toda la región. Entre las plazas vacantes de embajadores están Brasil, Chile, El Salvador, Honduras, Bolivia, Cuba y Venezuela.

Pero la situación de la política exterior es mucho peor de lo que muchos creen. Un reporte del Departamento de Estado, confeccionado en el pasado mes de febrero 2022, afirma que de 227 embajadores que deben ser nombrados por el gobierno de Joe Biden, había 80 puestos vacantes, situación inverosímil en un país que se autoproclama “paradigma de la democracia”.

Entre las misiones diplomáticas que no tienen un embajador yanqui, estaban en esa fechaAlemania, Reino Unido, Ucrania, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, India y Corea del Sur.

El asunto es que el Senado yanqui tiene en sus manos los nombramientos y lo utiliza como moneda de cambio para exigir concesiones al presidente, lo que expone la disfuncionalidad de un sistema paralizado en el siglo XIX, con una añeja Constitución fuera del contexto actual que vive el mundo.

Eso se refleja en las políticas de sanciones y no del diálogo político-diplomático, que sigue empleando Estados Unidos en sus relaciones con un mundo cambiante y necesitado de paz en vez de guerras de rapiñas.

Estados Unidos no soporta que China y Rusia amplíen sus relaciones en el mundo, especialmente en Latinoamérica, países que ayudan económicamente a los pueblos de la región, sin exigirle concesiones políticas como hacen los yanquis, que se dejan llevar por el odio de comunidades particulares que residen en su territorio, enriquecidas gracias a las políticas de presiones y sanciones del gobierno.

La ausencia de inteligencia demostrada en la política de Estados Unidos, tiene empantanadas sus relaciones internacionales, entre ellas con Cuba, nación que soporta y resiste una criminal guerra económica, comercial y financiera desde hace más de medio siglo, repudiada anualmente por todos los países del mundo, con el viejo anhelo de retorcerle el brazo al pueblo cubano y que culpe al socialismo de sus penurias, situación repetida sin éxitos en Venezuela.

La ayuda de 4 mil millones para América Latina prometida por Bidel, aún espera por la aprobación del Congreso, por eso la Cumbre de antemano está condenada al fracaso, porque así no es como se construye un futuro sostenible, resiliente y equitativo, en un continente preñado de desigualdades, culpables de una emigración incrementada que huye del capitalismo salvaje, en busca trabajo y calidad de vida.

Mientras exigen cambios a otros países, Estados Unidos vive atascado en una política arcaica, cada vez más repudiada por los pueblos del mundo, expuesta por las manifestaciones de las sociedades civiles del planeta.

Sabia reflexión la de José Martí, cuando le aseguró desde New York a su amigo mexicano Manuel Mercado:

“De esta tierra no espero nada, ni para ustedes, ni para nosotros, más que males”.

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