No se limite a la imagen, hacia el alma. VÍCTOR JOAQUÍN ORTEGA / CUBASÍ

La noveleta Las cabezas trocadas de Thomas Mann (Lubeck, 1875-Zurich, 1955), me enlazó enseguida. La he releído varias veces y siempre le descubro nuevas fortalezas. Así que género  menor, cará…

El intelectual cubano Alberto Garrandés, en el epílogo a este texto publicado junto a Muerte en Venecia por la Editorial Arte y Literatura en 1988, esclarece: “ La noveleta es una historia de extensión relativa que permite al escritor expansionarse más allá de los límites del cuento, pero sin acceder a las dimensiones casi irrestrictas de la novela. Sin embargo, lo verdaderamente significativo de dicho género es el tenso esfuerzo que obliga a su ejercicio, una tirantez propia del juego a dar y quitar, como da y quita cordel el pescador cuando un buen pez ha mordido su anzuelo”.
 
Pez capturado por Las cabezas… fui  yo a partir de estas líneas: “todos los seres tienen dos existencias: una para sí mismos y otra para los ojos de los demás. Son y están a la vista, son alma e imagen, y siempre es pecaminoso dejarse impresionar tan solo por la imagen, y no preocuparse por su alma”.

Obra de 1939, nos advierte ese peligro, no eludido siempre y que en el siglo XXI  sigue conduciendo a consecuencias nefastas. Recuerdo entonces aquellas palabras del Che en una reunión del Ministerio de Industrias el 12 de octubre de 1963: “Cuando se está en una fábrica, ustedes saben cuál es el muchacho inteligente, verdaderamente interesado, despierto en todas las cosas, y cuál es el guatacón, cuál es el arribista y cuál es el vago. Eso se sabe en un mes de estar en una fábrica…”

Ocurre parecido en un periódico, un canal de televisión, un centro educacional, en un conjunto deportivo… Mas hay casos en que el aplaudido, el elevado, es quien ha mostrado esos síntomas, debido al pecado de algunos de quedarse en la imagen y no llegar a las almas. En esto pesa también no querer ver, dejarse ganar por las zalamerías, el sí a flor de labios y el canto insidioso a la perfección.

En la vida ser nadador de orilla y soslayar el buceo hace daño, mucho daño, incluso al beneficiado por la superficialidad: podía haber sido salvado.

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