Aros de fuego. Por: Michel E Torres Corona


Y se borrarán los nombres y las fechas

y nuestros desatinos

y quedará la luz, bróder, la luz

y no otra cosa.

Sigfredo Ariel

Cuando mi madre era una niña también había apagones. “Nosotros siempre hemos estado en periodo especial”, suele repetir. Para ella, los  “buenos tiempos” fueron suerte de treguas que nos fuimos ganando por el camino. Treguas cortas, fugaces, que se esfumaron sin que pudiéramos valorarlas en su justa medida. El profesor Julio Fernández Bulté, en una conferencia grabada hace años, menciona los años 80 y sentencia: “Éramos felices y no lo sabíamos”.

Pero antes, en los 60 y 70, hubo apagones. Y desabastecimiento. Mi abuela solía cambiar ropa por comida. Siempre estaba a la caza en el mercado negro. Mi abuelo le entregaba su sueldo casi íntegro y ella se encargaba de mantener la casa en pie. Mi madre recuerda que su hermano menor no conoció el pollo de niño y que a la mantequilla la gente la bautizó como Ulises: se perdió por diez años.

Cuando mi madre era niña y se iba la luz, todos se juntaban en el cuarto. La tía Pilar se ponía a hacer cuentos: con un cigarro encendido dibujaba aros de fuego en el aire. La densa oscuridad era como un lienzo. Pilar hacía cuentos hasta que los niños se durmieran o la luz regresara.

Yo nací en los 90. Pudiera decirse que soy de la Generación del periodo especial, la generación que ni siquiera conoció la «tregua» de los 80, ese pequeño vistazo al socialismo que tuvo Cuba. No hemos conocido otra cosa que no sea crisis. Ya mi madre no era una niña, obviamente, pero volvimos a tener apagones. Unos muy largos, que hacían hablar a la gente de “alumbrones” porque el tiempo con luz eléctrica era mínimo.

La situación se estabilizó un poco luego, pero los apagones volvían una y otra vez a asomar su garra oscura. Hubo apagones sorpresa y apagones programados, de seis horas o de un poco menos… o de un poco más. Se llegó a publicar en el periódico un cronograma detallado, para que todo el mundo supiera cuándo le tocaba su dosis de tinieblas. “Es lo que debieran hacer ahora”, comenta alguien casi siempre. “Es injusto que no quiten la luz más a menudo aquí”, valora un habanero cualquiera.

Desde que mi madre era niña este pueblo se ha entrenado para los tiempos oscuros. Plantas eléctricas improvisadas a partir de baterías de camión, velas siempre al alcance, una lámpara recargable; los vecinos caminando de cuadra en cuadra para ver la novela en la casa que escapó del circuito afectado. Había un sentido del “o nos condenan juntos” o nos salvamos todos.

Se le atribuye a Churchill una frase cínica sobre el socialismo como justa repartición de la miseria.  Sin embargo, a mí me llena de orgullo saberme parte de un pueblo que no se envileció ni en las circunstancias más precarias, que siempre partió su pan para darle comida al hambriento. La justicia es justicia, aunque sea repartiendo miseria.

Yo era un niño y mi mamá se ponía a hacernos cuentos cuando todo se apagaba. Con el cigarro encendido, dibujaba círculos de fuego en la densa oscuridad. No nos podíamos ver las manos pero mirábamos aquellos trazos de luz que se quedaban congelados en el aire por un segundo. Me gusta pensar que puedo verlos todavía.

Y cantábamos: “Que venga la luz, que venga la luz, que venga la luz y que se acabe el apagón”. Y cuando volvía la luz, mi mamá exclamaba, medio en broma, medio en serio: “¡Viva Fidel!”. Era como una explosión de alegría.

Cuando mi madre era una niña también había apagones. Cuando yo era niño también los hubo. Hoy vuelven a asomar su garra oscura. Uno quisiera que la vida fuera más fácil, más llevadera. Uno a veces quisiera rendirse. Pero aquí seguimos, combatiendo esas tinieblas, dibujando aros de fuego en el aire, hasta que nos vuelvan a conceder una tregua. O hasta que ganemos de una vez.

Habrá quien prefiera leer en la oscuridad un relato de derrotas y espirales decadentes; yo solo sé leer en esos trazos ígneos que llevo conmigo la historia de un pueblo que se merece la victoria. Un pueblo de luz.

(Tomado de Granma)

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