Lo imposible es lo que tenemos que hacer. Por: Elier Ramírez Cañedo

Jóvenes participantes en el encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba, en el Palacio de Convenciones de La Habana. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Palabras en Encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba, celebrado en La Habana el 2 de mayo de 2022. Comisión 3: La unidad en la diversidad en la lucha antimperialista de los pueblos. 

Nos reunimos hoy con los amigos de la solidaridad, en un contexto matizado por graves peligros para la humanidad. Además de la pandemia de la Covid-19, enfrentamos la pandemia del sistema mundo imperial que cada día pone más en riesgo la sobrevivencia misma de la especie humana en el planeta. Cuan vigente las palabras de Fidel en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, en la que ya visionariamente había señalado: “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre”.

Ante las crisis múltiples que enfrenta el sistema capitalista, resurgen las corrientes más reaccionarias, ultraconservadoras y neofascistas. Al propio tiempo, si bien desde un ángulo del análisis podemos decir que Estados Unidos como potencia líder del sistema capitalista se encuentra en un proceso de relativo declive de su hegemonía, por otro no se puede desconocer que mantiene y, en muchos sentidos, fortalece su hegemonía cultural e ideológica, lo cual se ha visto favorecido por el desarrollo de las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones, así como el marcado auge y expansión de las redes sociales, lo que junto a los medios de comunicación tradicionales, ha reforzado el control que, sobre la mente humana, ejerce el imperialismo contemporáneo.

En el caso de Cuba, hemos vivido estos últimos años bajo los efectos de un bloqueo robustecido con medidas coercitivas unilaterales sin precedentes, acompañado también de una intensa guerra cultural y mediática contra el proyecto revolucionario. La esencia del bloqueo no ha cambiado en lo más mínimo en sus propósitos de doblegar a la Revolución a través del hambre, la penuria y la desesperación de su pueblo. “Si ellos -el pueblo cubano, sienten hambre, botaran a Castro”, de forma perversa había señalado el propio presidente Eisenhower desde enero de 1960.

A pesar de los innumerables pretextos que se fueron construyendo a través de los años en el discurso político estadounidense: “la amenaza roja en el caribe”, “la alianza con la unión soviética”, “el apoyo a los movimientos de liberación en América Latina”, “la presencia militar cubana en África”, luego “los derechos humanos y el sistema político”, entre muchos otros, la razón de fondo no era otra -y lo sigue siendo hoy- que el inaceptable hecho para la élite de poder en Estados Unidos, de la existencia a 90 millas de sus costas de un proceso realmente liberador, de posturas firmes en la defensa de su soberanía, tanto desde el punto de vista doméstico como internacional.

Sin embargo, a pesar de los insondables daños que ha provocado el bloqueo, la Revolución ha sobrevivido, la Isla ha derribado todos los muros del imposible llevando la solidaridad a los lugares más insospechados del mundo, pues si algo no ha podido quebrar el cerco económico a Cuba son los valores altruistas e internacionalistas de nuestro pueblo. Cuando observamos los logros y conquistas que ha alcanzado la Mayor de las Antillas -aun anhelos y sueños de otros pueblos lamentablemente oprimidos en el mundo- pese a toda la hostilidad del imperio más poderoso de la tierra, no podemos al mismo tiempo dejar de preguntarnos hasta dónde pudieran haberse beneficiado los cubanos, los propios estadounidenses y millones de personas en el mundo, de no haber existido el bloqueo criminal que durante más de 60 años ha sufrido el pueblo cubano, como principal obstáculo a su desarrollo. ¿Hasta dónde hubiera podido llegar esta pequeña y, gigante a la vez, isla del Caribe, si a pesar de obstáculos tan descomunales ha logrado no solo resistir, sino crear en beneficio de su pueblo y de la humanidad toda?


Ante los nuevos desafíos y amenazas, hoy solo es honrado luchar, pero para vencer en esa lucha es imprescindible la unidad no solo de gobiernos progresistas y de izquierda, sino de todos los movimientos sociales, partidos y organizaciones que aspiran a un mundo más justo, inclusivo y solidario, la unidad desde la diversidad, la unidad frente al enemigo principal y común, la unidad desde el antiimperialismo.
En ese sentido mucho puede aportarnos el pensamiento de José Martí y Fidel Castro. Ambos desde épocas diferentes, enfrentaron con singular maestría política el desafío del Norte y sus ansias hegemónicas sobre Cuba y los pueblos de Nuestra América.

El Apóstol de la independencia comprendió que el proyecto revolucionario no consistía solo en liberar a dos islas, Cuba y Puerto Rico, sino que se trataba del equilibrio del mundo, la única manera, además, de impedir a tiempo se extendieran por las Antillas los Estados Unidos y cayeran con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América, como de forma premonitoria dejó escrito en su carta a su amigo Manuel Mercado, el 19 de mayo de 1895, antes de caer en combate.


Ya desde el año 1877 durante su estancia en Guatemala, Martí hizo su llamado de unidad o muerte, en expresión de un latinoamericanismo defensivo que evolucionaría “hacia un claro y precursor latinoamericanismo antiimperialista activo” que cerrara el paso al avance impetuoso del vecino del Norte, a través de la acción unida en torno a objetivos y propósitos comunes.

Puesto que la desunión fue nuestra muerte –decía el Apóstol en aquel entonces-, ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino, ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida?”. 

Por su parte, en su concepción revolucionaria, latinoamericanista y antiimperialista, Fidel siempre vio el proceso cubano, como parte de una Revolución mayor, la que debía acontecer en toda América Latina y el Caribe. De ahí su constante solidaridad y apoyo a los movimientos de liberación en la región y denuncia de cada acto de injerencia yanqui, así como su apoyo a la lucha contra el colonialismo y neocolonialismo en el tercer mundo de manera general.

Esa posición partió en primera instancia de un sentimiento de identidad y de ineludible deber histórico, pero también como una necesidad estratégica para la preservación y consolidación de la Revolución Cubana.

A esa compresión había llegado Fidel desde antes de 1959, y la puso de manifiesto en acciones concretas en las que, incluso, puso en riesgo su propia vida durante sus luchas como estudiante universitario.

Fidel integró el comité Pro Independencia de Puerto Rico, el comité Pro democracia dominicana, participó en 1947 en la frustrada expedición de Cayo Confites contra el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y en los sucesos conocidos como el Bogotazo, donde compartió su destino con el pueblo colombiano que enfrentaba a las fuerzas reaccionarias que habían asesinado al líder popular Jorge Eliécer Gaitán.

Además, ya desde aquella época se había pronunciado a favor del derecho de los panameños a la soberanía sobre el canal interoceánico y el de los argentinos sobre las Islas Malvinas.

No obstante, luego del triunfo de enero de 1959, la vocación integracionista de Fidel, se hizo más explícita en numerosos pronunciamientos públicos. Sus ideas y amplia acumulación de experiencias durante años, así como los continuos cambios en el contexto internacional, lo hicieron ir perfilando su pensamiento desde concepciones anti dogmáticas, teniendo bien en cuenta la diferencia entre la táctica y la estrategia, pero sin abandonar jamás los principios revolucionarios. De ahí que, en el Cuarto Encuentro del Foro Sâo Paulo, efectuado en La Habana en 1994, entre otras muchas ideas vinculadas a ese trascendental tema, declarara:

Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración”.

Ambos, tanto Martí como Fidel, nos legaron sus conceptos de la unidad dentro de la diversidad como recurso imprescindible para desarrollar y defender la Revolución.

Ambos fueron raigalmente antimperialistas, no antiestadounidenses. Enfrentaron al coloso del norte desde las ideas y los principios, no desde el odio y los fanatismos.

Ambos también enfrentaron una arista del imperialismo muy peligrosa y menos visible, la vertiente del imperialismo cultural, la del colonialismo cultural que nos invade y su principal recurso hoy de dominación.


José Martí denunció con claridad meridiana este peligro en su magistral ensayo Nuestra América y Fidel siendo su mejor discípulo abordó el tema en muchas de sus intervenciones públicas. En una de ellas expresó: “Hay veces en que nuestros países, los países del llamado Tercer Mundo, se liberan del colonialismo, se liberan o tratan de liberarse del imperialismo, y sin embargo persiste una influencia cultural, persiste lo que nosotros llamamos una especie de coloniaje cultural”.

Para hacer frente a la costra tenaz del coloniaje es imprescindible que construyamos un frente común desde lo cultural y lo comunicacional, tanto en el espacio físico como en el virtual, que relancemos los procesos de unidad e integración en la región y la solidaridad con todos los que luchan en el mundo enfrentados al imperialismo. “La libertad se conquista con la solidaridad”, también nos lo enseñó Fidel.
Hace 55 años el Che, en su conocido Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, hacía una convocatoria que aún mantiene plena vigencia: “toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: Estados Unidos de Norteamérica”.

Para los que consideran imposible el triunfo habría que recordarles las palabras de Bolívar en 1819 cuando señaló: ¡Lo imposible es lo que nosotros tenemos que hacer, porque de lo posible se encargan los demás todos los días!

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