Abril 1898: Intervención de Estados Unidos en Cuba: de “aliados” a ocupantes. Narciso Amador Fernández Ramírez

«El 11 de abril de 1898, el entonces Presidente de los Estados Unidos solicitó al Congreso autorización para intervenir militarmente en la guerra de independencia que por cerca de 30 años libraba Cuba en esos momentos (…) Entraron como aliados y se apoderaron del país como ocupantes»
Raúl Castro, VII Cumbre de Las Américas, Panamá, 10 de abril de 2015…

El pretexto para intervenir fue el hundimiento del acorazado Maine en el puerto de La Habana la noche del 15 de febrero de 1898. La causa real, las apetencias imperiales de apoderarse de Cuba, las cuales se remontaban año atrás, abiertamente declaradas en la teoría de Fruta Madura, de 1823, y también en la denominada Doctrina del Destino Manifiesto.

Sin obviar otra de triste recordación para toda América Latina: la doctrina Monroe. Esa del slogan «América para los americanos», del propio año de 1823, la cual le sirvió a la voraz nación del Norte de valladar a las apetencias expansionistas de Inglaterra.

Tampoco puede pasarse por alto que durante ese siglo XIX,  los Estados Unidos de Norteamérica habían realizado seis intentos de compra de Cuba, siempre rechazados por la monarquía española, dispuesta a preservar la joya de su corona.

Igualmente debe tenerse en cuenta la famosa década anexionista de los años 40-50 del siglo XIX, con la famosa expedición de Narciso López a Cárdenas, en 1850, impulsada con fines de anexar la Isla a los estados esclavistas del Sur de los Estados Unidos.

Razones más que suficientes para se negaran a reconocer la beligerancia de los cubanos y mucho menos ayudarnos en nuestras luchas de independencia contra España.

El 11 de abril de 1898 –cuando ya la fruta estaba madura y la victoria cubana no era más que cuestión de tiempo- el presidente de los Estados Unidos, William McKinley solicitó al Congreso de los Estados Unidos el permiso de guerra a España: «(…) pido al Congreso que autorice y conceda poder al Presidente para tomar medidas a fin de asegurar una completa y final terminación de las hostilidades entre el Gobierno de España y el pueblo de Cuba; para asegurar en la Isla el establecimiento de un Gobierno estable, capaz de mantener el orden, observar sus obligaciones internacionales, asegurar la paz y la tranquilidad y garantizar la seguridad de sus ciudadanos y los nuestros».

En el propio mensaje, el mandatario yanqui dejaba claros sus propósitos de no reconocer la beligerancia cubana, ni al gobierno de la República de Cuba en Armas: «No sería juicioso ni prudente para este gobierno reconocer en estos momentos la independencia de la llamada República de Cuba. Semejante reconocimiento no es necesario para que Estados Unidos pueda intervenir y pacificar la Isla. Comprometer este país ahora a reconocer un gobierno cualquiera en Cuba puede sujetarnos a obligaciones internacionales embarazosas hacia la organización reconocida. En caso de intervención, nuestros actos estarían sujetos a la aprobación de dicho gobierno. Estaríamos obligados a someternos a su dirección y a mantenernos en la mera relación de un amistoso aliado».

Dos días después, el 13, le fue concedida la autorización y el 19 de abril salió a la luz la famosa  Resolución Conjunta, la cual proclamaba de manera engañosa que Cuba era y debía ser libre e independiente y que los Estados Unidos, al declararle la guerra a España, no tenían otro propósito que no fuera asegurar esa independencia a los cubanos.

En tanto, a las tropas que se alistaban para el bloqueo naval a la Isla y los posteriores combates se les hacía llegar un documento secreto del Subsecretario de Guerra, las cuales explicitaban las verdaderas intenciones: las Instrucciones de Breckendrige: «Debemos destruir todo dentro del rango de fuego de nuestros cañones. Debemos imponer un duro bloqueo para que el hambre y su constante compañera, enfermedad, socaven a la población pacífica y diezmen al ejército cubano. En resumen, nuestra política debe ser siempre apoyar al más débil contra el más fuerte, hasta que hayamos obtenido el exterminio de ambos, a fin de anexarnos a la Perla de las Antillas».

Aprobada la declaración de guerra y sancionada la Resolución Conjunta, el 25 de abril de 1898 –hace ahora 124 años- inició la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, también conocida por los españoles como la Guerra de Cuba o el Desastre del 98, por la ignominiosa derrota sufrida contra Estados Unidos.

El enviado del Zar de Rusia en los Estados Unidos, coronel Ermalov, al describir los sucesos iniciales de la guerra de Estados Unidos contra España, que también abarcaba a Puerto Rico, las Filipinas y las Islas Guam, escribió en sus Memorias: 

«(…) La guerra comenzó con un bloqueo de La Habana y de un sector de la costa norte de Cuba, desde Cárdenas hasta Bahía Honda, así como con la captura de naves mercantes españolas. El 27 de abril, los buques New Port, Cincinati y Pusitan, dispararon unos cien proyectiles contra una batería cerca de Matanzas, al igual que se hizo contra las baterías en Cabañas y en Cienfuegos. (…).El 11 de mayo los estadounidenses cañonearon Cárdenas y ese mismo día unos 800 proyectiles fueron disparados contra Cienfuegos (…)»

Luego vendría la destrucción de la flota española del almirante Pascual Cervera, el 3 de julio, en la batalla naval de Santiago de Cuba y, finalmente, el 16 del propio mes de julio, la entrada de las fuerzas norteamericanas a Santiago de Cuba. Éxito militar ganado esencialmente por las fuerzas mambisas al mando de Calixto García, pues las inexpertas tropas yanquis no la hubieran alcanzado solos; al contrario.

No obstante, el general William Shafter impidió la entrada de los mambises a Santiago, alegando unas infundadas e improbables represiones a los derrotados soldados españoles, lo que provocó la carta respuesta del general cubano al arrogante militar nortemericano; en la cual, el jefe mambí, en una de sus partes, afirmaba:

«Circula el rumor que, por lo absurdo, no es digno de crédito, general, de que la orden de impedir a mi Ejército, la entrada en Santiago de Cuba ha obedecido al temor de venganza y represalias contra los españoles. Permítame usted que proteste contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada; formamos un ejército pobre y harapiento, tan pobre y harapiento como lo fue el ejército de vuestros antepasados en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América; pero a semejanza de los héroes de Saratoga y Yorktown, respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía».

Para los cubanos la guerra continuó siendo de liberación nacional, pero para los dos imperios en pugna: el norteamericano en ascenso y el caduco español tuvo carácter imperialista. La primera guerra imperialista de la historia, como la calificó Lenin.

El 10 de diciembre de 1898 se firmaba el Tratado de París, sin la presencia cubana. España perdía a Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y las Islas Guam; en tanto, los Estados Unidos, iniciarían a partir del 1ro de enero de 1899 cuatro años de ocupación militar en la Isla, la cual daría paso, el 20 de mayo de 1902, a una República Mediatizada sometida al dominio imperialista yanqui.

Las lecciones de la Historia están ahí. De ingenuos pecaríamos si creyésemos que ahora las intenciones son otras. Por eso, ahondar en esas raíces es parte sustantiva de la formación revolucionaria y antiimperialista de las nuevas generaciones de cubanos.

Tomado de Cubahora.

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