Carlos J Finlay y el aniversario 140 de un gran descubrimiento.

Carlos J Finlay y el aniversario 140 de un gran descubrimiento.

El 14 de agosto de 1881 Carlos J. Finlay dio a conocer en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana un informe con el descubrimiento del mosquito Aedes aegypti como agente transmisor de la fiebre amarilla. El contenido del trabajo, publicado ese mismo año en los Anales de la referida academia, fue el resultado de una investigación científica bien concebida, que se adelantó a los conocimientos generalmente aceptados por entonces.

Finlay y su único colaborador, el médico español Claudio Delgado y Amestoy, realizaron entre 1881 y 1900 una serie de experimentos para tratar de verificar la trasmisión por mosquitos.

El anuncio de la hipótesis del sabio y la posterior confirmación experimental de su doctrina, constituyen un hecho científico relevante, dada su trascendencia para la humanidad, y porque la nueva concepción del contagio, a través de un vector biológico, significó un aporte de valor imperecedero al estudio de las enfermedades, que de hecho colocó a la Epidemiología sobre una base experimental.

El científico que alcanzó tal notoriedad nació en la ciudad de Santa María del Puerto Príncipe, actual Camagüey, el 3 de diciembre de 1833. Su padre fue el doctor Edward Finlay y Wilson, médico inglés, natural de la ciudad de Hull, condado de Yorkshire. Su madre, Marie de Barrés de Molard Tardy de Montravel, de origen francés, fue natural de la isla de Trinidad. No obstante, el doctor Finlay hijo siempre se sintió muy cubano y dedicó su vida a dar solución a los grandes problemas epidemiológicos de nuestro país, hasta llegar a convertirse en un verdadero símbolo de la medicina cubana.

No se debe obviar su magnífica actividad de investigación en otros terrenos de las Ciencias Médicas, como su valiosa contribución a la cirugía oftalmológica y la admirable diversidad y profundidad de su ejecutoria clínica, que abarcó apreciables y fructíferos estudios sobre la parálisis infantil, el tétanos del recién nacido, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, la lepra, el bocio exoftálmico, la malaria y otros muchos males que azotaban a la población cubana en el siglo XIX.

Al nombre de Finlay y a los de sus más cercanos colaboradores está también asociado el primer intento de crear en Cuba un sistema de salud pública basado en la higiene y la prevención de enfermedades.

Colmado de legítimas glorias científicas–fue nominado en varias oportunidades para el Premio Nobel de Medicina– y con el reconocimiento agradecido de su pueblo y de la humanidad, falleció en La Habana el 20 de agosto de 1915. Muchos años más tarde la Academia de Ciencias de Cuba publicaba sus Obras Completas, en seis tomos, lo que permite hoy el estudio exhaustivo de su obra.

El 3 de diciembre de cada año, con la conmemoración del natalicio de este sabio cubano se celebra el Día de la Medicina Latinoamericana y del Trabajador de la Salud. Con ello se rinde merecido tributo al ilustre médico que, por sus acertados métodos de investigación, desinterés, modestia y un elevado sentido del deber profesional, constituye un paradigma para los trabajadores de la salud de Cuba.

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